jueves, 22 de enero de 2026

Alejandro, Tiro y el Tango


Tras su victoria en Tebas, Alejandro preparó su ejército  para cumplir el sueño de su padre: la conquista de Oriente. En la primavera del año 334 atravesó el Helesponto y en junio, junto al río Gránico, aniquiló al primer ejército de los persas. Posteriormente recorrió el litoral, liberando a su paso a las ciudades griegas sometidas hasta entonces al dominio de los persas.
Su verdadero objetivo, el dominio de Asia, quedó revelado en el episodio de Gordio y, tras desembarazarse de su principal enemigo interno Memmon de Rodas, cruzó el Taurus, forzó las puertas de Cicilia y derrotó en la llanura de Issos, al numeroso ejército de Darío III. A partir de ese momento, para Alejandro quedó abierto el camino que le llevaría a rodear todo el Mediterráneo oriental, sometiendo al litoral sirio.
Pero se encontró con la ciudad de Tiro, vecina de Sidón y Damasco, que le ofreció la resistencia más grande que jamás haya encontrado; por eso y para traer este relato de lo ocurrido antes de Cristo a la ciudad de los tangos, mezclaremos la historia, evolución tecnológica, la magia y la fantasía y el amor.
La historia se terminó con la victoria de Alejandro sobre Tiro. La evolución tecnológica tiene su punto inicial en esta ciudad. De ambos lados de la guerra, Alejandro y Tiro, pusieron todo su ingenio en alcanzar sus metas, él la conquista y ella su defensa. Desde hacer un camino poniendo los barcos uno al lado del otro, pasando por las torres que alcanzaron la muralla y hasta la lluvia de flechas salieron de la mente de Alejandro como constantes estrategias de su búsqueda. Pero ella, la defensa de Tiro,  le contestó con gigantes catapultas que hundieron los caminos, inmensos ganchos que voltearon las torres y las chimeneas que se hicieron escudos como paraguas de las flechas. Aquí la tecnología se mezcla con la magia y la fantasía.
Quizás, Alejandro y Tiro buscaban el amor y no lo sabían; él hablaba de conquista pero sólo quería el corazón de Tiro, tal vez ella no lo entendía así y por eso se defendía, o se defendía de ese modo para probar la fuerza de ese hombre o por su duda de ese momento: ¿existe el amor infinito?
Ninguno de los dos se puso a pensar en lo inmaterial. Estaban los dos solos, en realidad no contaban para nada los ejércitos y las hordas.
Les hizo falta Orfeo, que les cantara en un tango un romance de tres minutos y los acercara. Así sus pies podrían haber  ido donde los llevara la música que bajaría de sus mentes. Si hubieran bailado un tango sabrían que hay algo más fuerte que el fuego griego; y que uno dice con los pies lo que siente su corazón, por eso primero está el oído, después el corazón y al final los pies.

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