Tras su victoria en Tebas,
Alejandro preparó su ejército para
cumplir el sueño de su padre: la conquista de Oriente. En la primavera del año
334 atravesó el Helesponto y en junio, junto al río Gránico, aniquiló al primer
ejército de los persas. Posteriormente recorrió el litoral, liberando a su paso
a las ciudades griegas sometidas hasta entonces al dominio de los persas.
Su verdadero objetivo, el dominio
de Asia, quedó revelado en el episodio de Gordio y, tras desembarazarse de su
principal enemigo interno Memmon de Rodas, cruzó el Taurus, forzó las puertas
de Cicilia y derrotó en la llanura de Issos, al numeroso ejército de Darío III.
A partir de ese momento, para Alejandro quedó abierto el camino que le llevaría
a rodear todo el Mediterráneo oriental, sometiendo al litoral sirio.
Pero se encontró con la ciudad de
Tiro, vecina de Sidón y Damasco, que le ofreció la resistencia más grande que
jamás haya encontrado; por eso y para traer este relato de lo ocurrido antes de
Cristo a la ciudad de los tangos, mezclaremos la historia, evolución
tecnológica, la magia y la fantasía y el amor.
La historia se terminó con la
victoria de Alejandro sobre Tiro. La evolución tecnológica tiene su punto
inicial en esta ciudad. De ambos lados de la guerra, Alejandro y Tiro, pusieron
todo su ingenio en alcanzar sus metas, él la conquista y ella su defensa. Desde
hacer un camino poniendo los barcos uno al lado del otro, pasando por las
torres que alcanzaron la muralla y hasta la lluvia de flechas salieron de la
mente de Alejandro como constantes estrategias de su búsqueda. Pero ella, la
defensa de Tiro, le contestó con
gigantes catapultas que hundieron los caminos, inmensos ganchos que voltearon
las torres y las chimeneas que se hicieron escudos como paraguas de las
flechas. Aquí la tecnología se mezcla con la magia y la fantasía.
Quizás, Alejandro y Tiro buscaban
el amor y no lo sabían; él hablaba de conquista pero sólo quería el corazón de
Tiro, tal vez ella no lo entendía así y por eso se defendía, o se defendía de
ese modo para probar la fuerza de ese hombre o por su duda de ese momento:
¿existe el amor infinito?
Ninguno de los dos se puso a
pensar en lo inmaterial. Estaban los dos solos, en realidad no contaban para
nada los ejércitos y las hordas.
Les hizo falta Orfeo, que les
cantara en un tango un romance de tres minutos y los acercara. Así sus pies
podrían haber ido donde los llevara la
música que bajaría de sus mentes. Si hubieran bailado un tango sabrían que hay
algo más fuerte que el fuego griego; y que uno dice con los pies lo que siente
su corazón, por eso primero está el oído, después el corazón y al final los
pies.
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