lunes, 17 de marzo de 2014

Riquelme mima a un hincha




La mente de Juan Román Riquelme es tan rápida dentro de un campo de juego que nadie puede intuir la jugada que hará, el pase que dará, el cambio de frente que puede hacer, el pique al vacío que puede meter, etc., etc, en términos de fútbol. Pero el domingo, en el partido ante Argentinos Juniors, el 10 de Boca demostró que tampoco se puede vislumbrar el acto de ternura que Román puede hacer justo cuando va a tirar un corner, nada más y nada menos, en el arco que da a la Doce.

En medio de la efervescencia del partido, Román fue a patear un tiro de esquina y vio que agarrado del alambrado, en primera fila, había un chico mirándolo, con la camiseta de Boca latiendo en su pecho. Riquelme lo vio y le acarició la mano al chico. Éste lo miró sorprendido. Román le tocó los dedos, le hizo una caricia y y volvió a lo suyo para patear.

Esa rapidez mental del mejor jugador de Boca, y del mundo para mi, no fue captada por ningún fotógrafo. Sólo las cámaras de televisión tomaron el momento y hoy se han viralizado en las redes sociales y diarios del mundo. Hasta a los fotógrafos les ganó Román en rapidez; pero no sólo eso, además, a todos los que dicen que ya no es el de antes; "que en velocidad ya no complica", como dijera el Bichi Borghi, que vive en Chile pero dirige en La Paternal; a los que dicen que él es el problema del vestuario de Boca; a los que piden que se vaya.

Por mi, quédate para siempre Román; en Boca, en la cancha, en el juego, en el césped, en el corazón de los hinchas de Boca y, ahora también, en el alambrado de la cancha, de la mano de un niño.

Aguante Román, el mejor, siempre. 





http://www.clarin.com/deportes/Riquelme-mima-hincha_3_1102719737.html

lunes, 10 de marzo de 2014

La belleza es "K"

La noticia periodística, Clarín 10/04/2014, en un artículo de Federico Brusotti, dice que la reina de la Fiesta Nacional de la Vendimia, Sofía Haudet, es militante K en la agrupación La Guemes de Guaymallén Mendoza, lo cual puso en duda la elección en la que se impuso por un amplio margen a María Agustina Cano, representante de Tupungato.
Dice también que el mensaje que esa agrupación, a través de Facebook, mandó lo siguiente: "Felicitaciones compañera! Es un orgullo para todos tus compañeros! Sabemos de tus convicciones, tu amor hacia los otros, el compromiso por tu provincia y tu militancia! Te saludamos con un fuerte abrazo ! Mujer hermosa es la que lucha , vos sos hermosa !!!” 
Ahora digo yo, siendo que esa fiesta, a la cual nunca asistí, pero que siempre quise ir, es tan importante y despliega tanto orgullo mendocino hacia cualquier punto del país, ¿es necesario que deba aplicar el viejo y conocido sistema de "palanca" para ganar?
Me pregunto, ¿puede medirse la belleza a través de la militancia de una concursante?; ¿es más linda Sofía porque lleva las banderas del gobierno de turno?; si es así, que pena me da.
El poeta Pablo Neruda en su obra Los Versos del Capitán, escribió el poema La Reina, que debería recitarse en cada concurso de belleza cuando se elige a la más linda; y decirle, por ejemplo,   
Yo te he nombrado reina.
Hay más altas que tú, más altas.
Hay más puras que tú, más puras.
Hay más bellas que tú, hay más bellas.
Pero tú eres la reina.
Cuando vas por las calles
nadie te reconoce.
Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira
la alfombra de oro rojo
que pisas donde pasas,
la alfombra que no existe.

Y cuando asomas
suenan todos los ríos
en mi cuerpo, sacuden
el cielo las campanas,
y un himno llena el mundo.

Sólo tú y Yo,
sólo tú y yo, amor mío,
lo escuchamos.
 Se ha perdido un linda oportunidad para unir la poesía y la belleza; otra vez, el favoritismo y el oportunismo han dejado sin chance a la elección pura y a la libertad de un concurso.

sábado, 8 de marzo de 2014

Atardecer en Mardel

Tarde de marzo de 2014 frente al Hotel Sasso. 

Lindos colores en la tarde frente al mar; no es una tarde divina de octubre, como dijo Alfonsina, pero me hubiera gustado pasear por la orilla lejana del mar... por ahora estoy en esta orilla y me siento bien.

Día de los hermanos

Mi familia en mi casa; mi mamá, mi esposa María, mi hermana Alicia, mi hermano Ricardo, mi sobrino José Carlos, mi sobrina Dani, mi tía Julia y mi prima Cecilia; mi amigo Don Roberto

Lindas sonrisas, las flores de la casa.

Mis hermanos del Templo del Fútbol

Alegría en Boca, volvió Román


La segunda foto empezando de arriba la tomé yo. Es una obra de arte; está tomada desde la tribuna baja sur; fue en el partido contra Olimpo; donde volvió a jugar Juan Román Riquelme de titular. ¿Qué más se le puede pedir al fútbol?; nada. Con Román en la cancha y el carnaval en la popular está todo. Esto es vida, amigos. Aguante Boca, lo más grande que hay. Aguante Román, el mejor de todos.

El eterno amor y la espera eterna


6 de marzo, aniversario del nacimiento de Gabriel García Marquez. Su lugar de nacimiento ha sido Aracataca, en Colombia; recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982. 

Florentino Ariza es uno de los personajes creados por Gabriel García Márquez para protagonizar su novela, El amor en tiempos del cólera, publicada por primera vez en 1985.

De joven, Ariza se enamora de Fermina Daza, con quien tras mucho empeño, comienza una relación que es desaprobada por los padres de ella. El romance termina ahí, pese a la promesa de amor eterno que le hace Ariza a Fermina.

Con el tiempo Fermina se casa con el doctor Juvenal Urbino, con quien mantiene el matrimonio durante más de cincuenta años, momento en que él muere en un accidente. Ariza, que ha esperado siempre a Fermina, vuelve a conquistarla.

Qué rico mi guisito!






A eso de las 9 de la mañana, ella se iba para el mercado y él se quedaba tomando el mate cocido en la mesa de la cocina. Se escuchaba la escoba de Doña Marta al barrer el patio de su casa. También el canto de los pájaros en la planta de nísperos o de limón del fondo de la casa; atrás las gallinas cacareaban y él las miraba por la ventana.
Hacía un ejercicio de vista, una especie de prolongación de la mirada desde el ras del gallinero y subía lentamente mirando cómo el cerro azul, a la distancia, empezaba a tomar altura y se elevaba imponente hasta alcanzar las nubes blancas en el cielo, como había dicho Yeats. 
-          Espérame en el caminito a eso de las 10 y media, le dijo la mamá.
-          Bueno, dijo el niño.
Ya sobre la hora pactada, el chico salía de su casa por el portón del pasillo; saludaba a Don Carmelo que estaba apoyado en la verja. Caminaba por la vereda de Don Rearte, Yunín, Mario López, la Lola y la Dora, veía el veredón de Carlitos y cruzaba en diagonal hasta la vereda de Don Ruperto.
Seguía por ahí hasta la Rivadavia y cruzaba la calle, antes de llegar a la esquina de la Chacabuco, estaba el caminito, éste era un pequeño sendero entre la tela de la casa vecina y los yuyos altos; era de tierra seca polvorienta con límites de pasto a los costados. La habilidad de caminar por ese caminito sin ensuciarse mucho las zapatillas era ir pisando el pasto de los costados, se daban pasos abiertos y largos; el chico tenía esa agilidad para ganar metros casi a los saltos.
Al final del caminito, ya en la calle Centenario, la mamá venía con una bolsa en cada mano; ella lo veía y se quedaba parada esperándolo. El chico llegaba con sus pasos gigantes y le agarraba una bolsa; esa no, decía ella, tomá esta que no es pesada. Vamos por la calle, decía ella y caminaban por la Centenario hasta la Balcarce y desde allí hasta la casa.
Dejaban todo en la mesa de la cocina y la mamá decía: vaya mijo y compre fideos en Doña Audelina; ¿de cuáles?, preguntaba él. Entrefinos, decía ella.
Al mediodía, el chico ya había preparado el portafolio para ir a la escuela, la mesa estaba servida, ya estaba Ramón sentado esperando y la mamá servía la comida: era un guiso de fideos entrefinos con ensalada de lechuga y tomate. Comían los tres, hablaban, contaban cosas y se reían.
Hace pocos días, mi mamá me invitó a cenar a su casa y el menú era el mismo guiso de mi niñez, con la misma ensalada, con el mismo color de la vida de aquel entonces, con el mismo sabor del universo maravilloso del reencuentro de la nostalgia y la realidad, con el mismo bienestar de la compañía, con algunas pequeñas diferencias de la vida que limita a los hombres y que hacen que el número de comensales no sea el mismo, con igual encanto de emoción y respeto.

Ahora soy el hombre sin mate cocido, sin gallinero, sin cerros azules, sin caminito y sin bolsas del mercado, pero con el mismo guiso de fideos entrefinos que hacen las manos de la mamá, como ningunas otras lo harían. Eso es la unicidad de la vida, el determinismo del hoy; el amor por lo que uno tuvo y que, sobre todas las cosas, siempre tendrá.