martes, 10 de abril de 2018

"El poder de la poesía", Pablo Neruda



Ha sido privilegio de nuestra época -entre guerras, revoluciones y grandes movimientos sociales desarrollar la fecundidad de la poesía hasta límites no sospechados. El hombre común ha debido confrontarla de manera hiriente o herida, bien en la soledad, bien en la masa montañosa de las reuniones públicas.

Nunca pensé, cuando escribí mis primeros solitarios libros, que al correr de los años me encontraría en plazas, calles, fábricas, aulas, teatros y jardines, diciendo mis versos. He recorrido prácticamente todos los rincones de Chile, desparramando mi poesía entre la gente de mi pueblo.

Contaré lo que me pasó en la Vega Central, el mercado más grande y popular de Santiago de Chile. Allí llegan al amanecer los infinitos carros, carretones, carretas y camiones que traen las legumbres, las frutas, los comestibles, desde todas las chacras que rodean la capital devoradora. Los cargadores -un gremio numeroso, mal pagado y a menudo descalzo-pululan por los cafetines, asilos nocturnos y fonduchos de los barrios inmediatos a la Vega.

Alguien me vino a buscar un día en un automóvil y entré a él sin saber exactamente a dónde ni a qué iba. Llevaba en el bolsillo un ejemplar de mi libro España en el corazón. Dentro del auto me explicaron que estaba invitado a dar una conferencia en el sindicato de cargadores de la Vega.

Cuando entré a aquella sala destartalada sentí el frío del Nocturno de José Asunción Silva, no sólo por lo avanzado del invierno, sino por el ambiente que me dejaba atónito. Sentados en cajones o en improvisados bancos de madera, unos cincuenta hombres me esperaban. Algunos llevaban a la cintura un saco amarrado a manera de delantal, otros se cubrían con viejas camisetas parchadas, y otros desafiaban el frío mes de julio chileno con el torso desnudo. Yo me senté detrás de una mesita que me separaba de aquel extraño público. Todos me miraban con los ojos carbónicos y estáticos del pueblo de mi país.

Me acordé del viejo Lafferte. A esos espectadores imperturbables, que no mueven un músculo de la cara y miran en forma sostenida, Lafferte los designaba con un nombre que a mí me hacía reír. Una vez en la pampa salitrera me decía: "Mira, allá en el fondo de la sala, apoyados en la columna, nos están mirando dos musulmanes. Sólo les falta el albornoz para parecerse a los impávidos creyentes del desierto."

Qué hacer con este público? De qué podía hablarles? Qué cosas de mi vida lograrían interesarles? Sin acertar a decidir nada y ocultando las ganas de salir corriendo, tomé el libro que llevaba conmigo y les dije:

-Hace poco tiempo estuve en España. Allí había mucha lucha y muchos tiros. Oigan lo que escribí sobre aquello.

Debo explicar que mi libro España en el corazón nunca me ha parecido un libro de fácil comprensión. Tiene una aspiración a la claridad pero está empapado por el torbellino de aquellos grandes, múltiples dolores.

Lo cierto es que pensé leer unas pocas estrofas, agregar unas cuantas palabras, y despedirme. Pero las cosas no sucedieron así. Al leer poema tras poema, al sentir el silencio como de agua profunda en que caían mis palabras, al ver cómo aquellos ojos y cejas oscuras seguían intensamente mi poesía, comprendí que mi libro estaba llegando a su destino. Seguí leyendo y leyendo, conmovido yo mismo por el sonido de mi poesía, sacudido por la magnética relación entre mis versos y aquellas almas abandonadas.

La lectura duró más de una hora. Cuando me disponía a retirarme, uno de aquellos hombres se levantó. Era de los que llevaban el saco anudado alrededor de la cintura.

-Quiero agradecerle en nombre de todos --dijo en alta VOZ---. Quiero decirle, además, que nunca nada nos ha impresionado tanto.

Al terminar estas palabras estalló en un sollozo. Otros varios también lloraron. Salí a la calle entre miradas húmedas y rudos apretones de mano Puede un poeta ser el mismo después de haber pasado por estas pruebas de frío y fuego?





en Confieso que he vivido, 1974

martes, 2 de enero de 2018

El Dr. Piqué


Después de la triste y movilizante noticia de ayer, de la partida del amigo Hachi Piqué y mirando la foto de la última reunión que compartimos en octubre de 2010 en Nueva Esperanza, busqué entre mis recuerdos alguna anécdota que hubiéramos tenido con el querido amigo El Tero Piqué. Encontré varias, como las de las noches en Tafí Bar, de los bailes en Catacumba, de las largas charlas y amanecidas en la Avenida; o cuando vino a mi casa cuando yo cumplía 18 años y se mandó unos de esos discursos que solo él sabía al momento de los brindis, haciendo resaltar la amistad y la unión de los grupos de amigos.
Pero esta mañana recordé la anécdota perfecta que pasé con el amigo Hachi y la misma provino de la involuntaria coincidencia de estar sentado yo en el sillón del dentista. Resulta que cuando Hachi estaba estudiando en la facultad su carrera de odontólogo me dijo que si yo tenía algún problema en mi salud bucal él podía llevarme de “paciente de muestra” y arreglarme lo que fuera necesario.
Y así fue. Un día fuimos a la facultad, que estaba cerca del Parque 9 de Julio, y entramos a una sala gigantesca llena de dentistas y sillones. Yo casi pego la vuelta y salgo de raje por el parque. Pero ya estaba en el baile y había que bailar. Él me hizo sentar en un lugar y se fue. Al rato vino con otros médicos que eran los profesores, agarró sus instrumentos, el espejito y el mágico ganchito, me hizo abrir la boca y empezó a explicarles en ese difícil lenguaje profesional qué tenía yo y qué me iba a hacer él. A mí me corría un frío por la espalda, pero estaba firme allí, esperando que el amigo se luciera.
Y así lo hizo el futuro (en aquel momento) Dr. Piqué. No sé o no recuerdo en detalle el arreglo que me hizo, pero usó toda su sapiencia, su paciencia y toda su aplicación para hacerme sentir bien. Los profesores le dijeron que estaba muy bien lo que había hecho y nos fuimos. Desde entonces, cada vez que voy al dentista recuerdo cuando me atendió mi amigo en la facultad de Tucumán.
En realidad, la ida al dentista genera en mí muchos espacios de enseñanza y recuerdos. Enseñanza por otros hechos que no vienen ahora al caso; y recuerdos por las cosas lindas que pasé aquella vez con el amigo Hachi Piqué. Ahora que sé que él ya no atiende más, quiero contarles a todos el gesto que él tuvo conmigo y lo agradecido que estoy, hoy en esta vida y siempre que mire al cielo, donde él estará con su espejito y su ganchito.

Adiós amigo.

Julio San Martín
CABA, 02 de enero de 2018

lunes, 1 de enero de 2018

Oda al primer día del año . Pablo Neruda

Pablo Neruda
Oda al primer día del año
Tercer libro de odas, 1957.
Leído por Luigi Maria Corsanico
Miroslav Tadic, The Ways of Trains
Lo distinguimos
como si fuera un caballito
diferente de todos los caballos.
Adornamos su frente con una cinta,
le ponemos al cuello cascabeles colorados,
y a medianoche vamos a recibirlo
como si fuera explorador que baja de una estrella.
Como el pan se parece al pan de ayer,
como un anillo a todos los anillos:
los días parpadean claros, tintineante, fugitivos,
y se recuestan en la noche oscura.
Veo el último día de este año
en un ferrocarril, hacia las lluvias
del distante archipiélago morado,
y el hombre de la máquina,
complicada como un reloj del cielo,
agachando los ojos a la infinita
pauta de los rieles,
a las brillantes manivelas,
a los veloces vínculos del fuego.
Oh conductor de trenes
desbocados hacia estaciones negras de la noche.
Este final del año sin mujer y sin hijos,
no es igual al de ayer, al de mañana?
Desde las vías y las maestranzas
el primer día, la primera aurora
de un año que comienza
tiene el mismo oxidado
color de tren de hierro:
y saludan los seres del camino,
las vacas, las aldeas,
en el vapor del alba,
sin saber que se trata
de la puerta del año,
de un día sacudido
por campanas,
adornado con plumas y claveles,
La tierra no lo sabe:
recibirá este día
dorado, gris, celeste,
lo extenderá en colinas,
lo mojará con flechas
de transparente lluvia,
y luego lo enrollará
en su tubo,
lo guardará en la sombra.
Así es, pero
pequeña
puerta de la esperanza,
nuevo día del año,
aunque seas igual
como los panes a todo pan,
te vamos a vivir de otra manera,
te vamos a comer, a florecer,
a esperar.
Te pondremos como una torta
en nuestra vida,
te encenderemos como candelabro,
te beberemos
como si fueras un topacio.
Día del año nuevo,
día eléctrico, fresco,
todas las hojas salen verdes
del tronco de tu tiempo.
Corónanos
con agua,
con jazmines abiertos,
con todos los aromas
desplegados,
sí,
aunque sólo seas un día,
un pobre día humano,
tu aureóla palpíta
sobre tantos cansados corazones,
y eres, oh día nuevo,
oh nube venidera,
pan nunca visto,
torre permanente!


domingo, 31 de diciembre de 2017

Adiós 2017

A horas de que finalices ya te digo adiós, 2017.  Quiero que quede atrás mi experiencia del paso por los quirófanos por cuyas camillas desfilé en tres oportunidades: marzo, mayo y septiembre. Gracias al Altísimo todo eso ha quedado atrás y ahora voy hacia adelante solo con los recuerdos de los dolores que tuve y de los medicamentos que tomé. También dejo atrás el hecho del despido que me ha infundido la empresa para la cual trabajé durante trece años.
Esos dos componentes de mi vida que son el trabajo y la salud me han tenido a los botes en este año. Pero ya han pasado y me dispongo a buscar otros hechos oportunos para los cuales esas situaciones de crisis me han preparado.
Recibo con sumo entusiasmo el año nuevo porque es el comienzo de una nueva dinámica. Con seguridad, sabré desarrollarme sobre el año nuevo con mesura, frugalidad y templanza.

Feliz año nuevo, amigos. Que el 2018 les traiga alegría cada día.

El fin de año de Borges

FINAL DEL AÑO

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.


BORGES, J.L.Fervor de Buenos Aires (1923


jueves, 14 de septiembre de 2017

Uniendo historietas - Las Cariátides de Pompeya

Marta, AnLau, Emeroldán, Pambell y Lauri han sido los pilares de las tareas administrativas; eran como aquellas mujeres que sostienen el templo del Erecteion en la Acrópolis de Atenas. Con la pesada carga sobre sus cabezas, las Cariátides son figuras femeninas que venían de la isla de Carias y se caracterizaban por su fuerza para sostener el peso de lo que venga. Así eran las chicas de la empresa de Pompeya; ellas resistían el día a día del trabajo con el fruto de su juventud y su empeño.

Con todas sus responsabilidades propias del hogar, sus familias y sus proyectos las chicas administrativas llevaban la rutina del trabajo con el esfuerzo del largo viaje diario de ida y vuelta, los tejes y manejos de las tareas, los cambios de humor del entorno y los vaivenes en el carácter de los jefes.

Julio San Martín siempre las admiró. Cada vez que pudo intentó acercarse a ellas, tuvo buenos contactos y el trato siempre fue con respeto. Ellas lo trataban de usted; eso marcaba la diferencia generacional entre el hombre ya grande y las chicas. Sin embargo, la relación ha sido cómoda.
Julio San Martín pensó muchas veces que las Cariátides de Pompeya no eran bien reconocidas en la empresa, no en el aspecto laboral, porque no era él quien debía analizar ese caso, sino en el trato que debían recibir como mujeres de alto empeño y responsabilidad social. Por eso, cada vez que pudo les hizo un regalo, un pequeño presente para reconocer un afecto, tal vez escondido por la empresa de camiones, que ellas no recibían. Una vez, a una de ellas, le hizo un regalo adicional en el juego del amigo invisible; no era ella quien le había tocado regalar, pero Julio San Martín también puso un regalo a su nombre.

Además de soportar el peso, las Cariátides se caracterizan por su belleza, lo cual también era brillo de aquellas chicas. Siempre elegantes, bien vestidas con combinaciones perfectas de colores y con gran habilidad para el baile. Así lo hicieron ver en una de las fiestas de fin de año cuando el estilo de festejo se centraba en chorizos y patys a la parrilla en el depósito. Allí hubo un baile y las chicas mostraron sus cualidades para el meneaito.

La permanencia cronológica de Julio San Martín y las Cariátides de Pompeya en la empresa de camiones no ha sido coincidente. Hubo ingresos y egresos en momentos distintos, bienvenidas y despedidas. No obstante, para Julio San Martín el compartir con aquel grupo en mayor o menor grado, ha sido uno de los mejores encuentros sociales en su estadía en la empresa.   

Allí donde uno permanece ocho o más horas diariamente, en la oficina es el lugar donde la cultura de trabajo debe respetar la cultura de la amistad, porque se convive con personas con quienes, si se establece un vínculo positivo, se humaniza mejor la relación y todos pueden crecer. Eso es lo que Julio San Martín siempre persiguió: crecer como persona y ser mejor individuo cada día. Con este grupo de chicas, o sea, con personas como ellas él pudo ser más positivo y avanzar cada día hacia el bienestar; seguramente ellas, en sus propias vidas, también lograrán ser felices siendo como son.

A esta altura del año 2017, Pompeya se ha quedado sin las Cariátides y sin Julio San Martín; sin embargo, aquellos pequeños detalles que los ligaron a lo largo de muchos años, hoy en día, se hacen cada vez más fuertes a la distancia a través del recuerdo.  No sabe la empresa de camiones lo que se ha perdido, pero sí sabe que ella ha sido la fuente de la tenue amistad entre Julio San Martín y aquellas chicas que representaron, junto a la ruda rutina del ir y venir de camiones, la belleza, como las Cariátides y las flores de la primavera.


Julio San Martín

14 de septiembre de 2107.