domingo, 3 de abril de 2022

Los oficios de niño - El ayudante del cortador de yuyos



Julio San Martín se paraba cerca de Ramón que iba cortando los yuyos con su filoso machete. Ramón tenía en su mano derecha la herramienta y en la izquierda un palo, que cuidaba con mucho celo, casi tan largo como el machete y que en la punta terminaba en una especie de horqueta invertida que servía para enganchar los yuyos, torcerlos hasta el piso y pegarle el corte justo en la base. El golpe del machete pegaba preciso en el objetivo donde empezaba el yuyo y la tierra; ésta se levantaba y hacía una pequeña nube de polvo al ras del piso.

Ahí venía la tarea del ayudante del cortador de yuyos, con el rastrillo tenía que hacer un “montón” y arrastrarlo hasta un punto del fondo donde no entorpeciera el camino del cortador Ramón.
Eran las cuatro de la tarde de un día de febrero; el sol estaba áspero y fuerte. Ramón tenía el sombrero puesto y Julio San Martín su gorrita.

Avanzaba el paso de los limpiadores del fondo; a la derecha, junto a la tela, estaban las cañas.
Jota, decía Ramón, dame la pala de punta. Julio San Martín corría hasta el limón donde estaban apoyadas las palas, la de punta y la ancha. Volvía a donde estaba Ramón, caminando agarrando la pala con sus dos manos, la derecha en la empuñadura y la izquierda del medio del mango.
Ramón se había arremangado la camisa verde de Grafa, agarraba la pala y empezaba a picar alrededor de las cañas. Julio San Martín se sentaba bajo la sombra del níspero, con la espalda en la tela de Doña Marta y miraba muy atento a su tío por si necesitaba algo.

Ramón apoyaba la pala en la tierra, con su pie derecho la empujaba hacia abajo. El botín de Ramón, caminante duro del suelo taficeño, era el empuje del trabajo. La tierra era seca  costaba entrarle, el cuerpo de Ramón tenía secuelas de su enfermedad, pero la fuerza del empeño y el sombrero que lo protegía del sol eran el símbolo del trabajo que le gustaba a Julio San Martín.

Ya el fondo se iba terminando, el rastrillo de Julio San Martín había ordenado los montones de yuyos y hojas secas de cañas. Ramón le dijo que trajera el tacho de la basura y que pusiera allí los montones de yuyos. Entre los dos agarraron el tacho y lo arrastraron hasta la vereda por el pasillo. Volvieron al fondo limpio, se sentaron a la sombra del limón apoyados en la tela del gallinero. Miraron todo lo que habían hecho, el piso sin yuyos, las cañas limpias, listas para regarlas a la oración.
El sol empezaba a caer, venía la hora del atardecer, lo recibían la gorra de Julio San Martín y el sombrero de Ramón.

Ramón, Julio, dijo mi mamá, vengan a tomar el mate cocido…   


Julio San Martín, 15 de febrero de 2012 en CABA.

lunes, 7 de febrero de 2022

Invocación a Joyce (Jorge Luis Borges)





Dispersos en dispersas capitales,
solitarios y muchos,
jugábamos a ser el primer Adán
que dio nombre a las cosas.
Por los vastos declives de la noche
que lindan con la aurora,
buscamos (lo recuerdo aún) las palabras
de la luna, de la muerte, de la mañana
y de los otros hábitos del hombre.
Fuimos el imagismo, el cubismo,
los conventículos y sectas
que las crédulas universidades veneran.
Inventamos la falta de puntuación,
la omisión de mayúsculas,
las estrofas en forma de paloma
de los bibliotecarios de Alejandría.
Ceniza, la labor de nuestras manos
y un fuego ardiente nuestra fe.
Tú, mientras tanto, forjabas
en las ciudades del destierro,
en aquel destierro que fue
tu aborrecido y elegido instrumento,
el arma de tu arte,
erigías tus arduos laberintos,
infinitesimales e infinitos,
admirablemente mezquinos,
más populoso que la historia.
Habremos muerto sin haber divisado
la biforme fiera o la rosa
que son el centro de tu dédalo,
pero la memoria tiene sus talismanes,
sus ecos de Virgilio,
y así en las calles de la noche perduran
tus infiernos espléndidos,
tantas cadencias y metáforas tuyas,
los oros de tu sombra.
Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra
un sólo hombre valiente,
qué importa la tristeza si hubo en el tiempo
alguien que se dijo feliz,
que importa mi perdida generación,
ese vago espejo,
si tus libros la justifican.
Yo soy los otros. Yo soy todos aquellos
que ha rescatado tu obstinado rigor.
Soy los que no conoces y los que salvas.




Algo nuevo


 Todos queremos estar

en otro lugar.

En otro dia,

en otra noche.

No en esta oscura

realidad 

que nos

abruma.

Todos queremos estar

al lado de

algo nuevo.

De una mirada

que nos mire

desde adentro.

Como si fuésemos

un cielo 

propio

No el cielo

de siempre.

Sino uno de hoy,

nuevo, a partir

de este minuto.


Julio San Martín, MDQ, 22 de enero de 2022.



domingo, 26 de diciembre de 2021

Bar Roma

 




En la esquina de San Luis y Anchorena tenemos un bar notable. Está desde 1927, tiene en su interior un cuadro del Gral. San Martín y el Breviario de la felicidad, que escribió Macedonio Fernández. Lo comparto con ustedes amigos, como si estuvieran aquí conmigo con un café mediante. Feliz domingo!

miércoles, 1 de diciembre de 2021

"Yo quiero ser diciembre" Luis García Montero

 




Tafí Viejo - Bella Vista - Retiro

 



Subimos al tren en Tafí Viejo. Íbamos mi mamá, mi papá, mi hermana Alicia, mi hermano Ricardo y yo. El destino era Buenos Aires. Largo viaje nos esperaba. Cuando empezó su marcha el tren ya estábamos todos sentados escuchando atentamente las indicaciones de mi papá. Íbamos de vacaciones, el esperado tiempo del paseo en la gran ciudad. Nos dijo: cuando lleguemos a la ciudad, yo voy a ir a gestionar los camarotes donde vamos a viajar; tengo que bajar del tren, ir a la boletería, mostrar el pase y me darán las ubicaciones de cada uno de nosotros en los camarotes.

Pasamos la parada del Tiro, la Curva de los Vega, Los Pocitos, Muñecas, Aguas Corrientes, El Cruce,  Colegio Nacional, el Mercadito y llegamos a la ciudad. El Bajo se le decía a esa estación. Allí mi papá se bajó del tren y se fue a hacer el trámite. Mi hermano, que no se le despegaba, se bajo con él. Quedamos los tres en el tren esperándolos. Los veíamos por la ventanilla como iban caminando entre la gente y buscando las boletería.

De pronto, el tren empezó a andar. Los buscábamos mirando por la ventanilla y no aparecían. El tren aceleraba y se iba. Nosotros tres en el tren y ellos dos quien sabe dónde. Mi mamá se levantó y buscó al guarda. El tren ya salía y dejaba atrás al Bajo. Señor, mi marido y mi hijo no han subido al tren todavía, le dijo mi mamá. No puedo hacer nada señora, dijo el guarda y agregó: era el horario y teníamos que salir. Ahora, en un ratito vamos a hacer una parada, dijo el guarda, si quieren se pueden bajar ahí. Después volveremos a parar en Bella Vista y después ya no paramos más hasta Santiago del Estero.

En esa primera parada que dijo el guarda, se bajó la gente que estaba igual que nosotros; es decir, sus parientes se habían bajado del tren en el Bajo y no habían subido a tiempo cuando el tren se puso en marcha. Mi mamá nos dijo que nosotros no nos bajaríamos, porque seguro que el papá y Ricardo llegarían a tiempo a Bella Vista.

M’hijo, le dijo mi papá a Ricardo, el tren se ha ido. Vamos a tomar un taxi que nos lleve a Bella Vista y allí lo vamos a alcanzar. Salieron corriendo del Bajo y fueron a la avenida a buscar un taxi. Lo tomaron y mi papá le pido al chofer que fuera rápido a Bella Vista, que tenía que alcanzar el tren. Imagino cómo lo habrá mirado el taxista.

Bella Vista está a 25 km al sudeste de San Miguel de Tucumán. Ricardo y mi papá los recorrieron preocupados pero con la firme certeza de que llegarían a tiempo. La misma certeza que mi mamá nos había transmitido a los que íbamos en el tren. Hasta ese momento el viaje de la familia Lezcano, que había empezado en Tafí Viejo y que terminaría en Retiro, había dividido en dos a los viajeros. Mi papá y Ricardo se encontraban en un taxi en la ruta 301 camino a Bella Vista; y mi mamá, mi hermana y yo estábamos en el tren, sin saber si queríamos o no que el tren llegue a Bella Vista.