lunes, 1 de enero de 2024
viernes, 15 de diciembre de 2023
El caminito - Poesía
El caminito
I
A eso de las 9 de la mañana,
ella se iba para el mercado
y él se quedaba tomando el mate cocido
en la mesa de la cocina.
Se escuchaba la escoba
de Doña Marta al barrer
el patio de su casa.
También el canto de los pájaros
en la planta de nísperos
o de limón del fondo de la casa;
atrás las gallinas cacareaban
y él las miraba por la ventana.
Hacía un ejercicio de vista,
una especie de prolongación
de la mirada desde el ras del gallinero
y subía lentamente mirando
cómo el cerro azul,
a la distancia,
empezaba a tomar altura
y se elevaba imponente hasta
alcanzar las nubes blancas en el cielo,
como había dicho Yeats.
II
Espérame en el caminito
a eso de las 10 y media,
le dijo la mamá.
Bueno, dijo el niño.
Ya sobre la hora pactada,
el chico salía de su casa
por el portón del pasillo;
saludaba a Don Carmelo
que estaba apoyado en la verja.
Caminaba por la vereda
de Don Rearte, Yunín, Mario López,
la Lola y la Dora, veía el veredón de Carlitos
y cruzaba en diagonal
hasta la vereda de Don Ruperto.
Seguía por ahí hasta la Rivadavia
y cruzaba la calle,
antes de llegar a la esquina
de la Chacabuco, estaba el caminito,
éste era un pequeño sendero
entre la tela de la casa vecina
y los yuyos altos;
era de tierra seca polvorienta
con límites de pasto a los costados.
La habilidad de caminar
por ese caminito
sin ensuciarse mucho las zapatillas
era ir pisando el pasto de los costados,
se daban pasos abiertos y largos;
el chico tenía esa agilidad
para ganar metros casi a los saltos.
Al final del caminito,
ya en la calle Centenario,
la mamá venía
con una bolsa en cada mano;
ella lo veía y se quedaba
parada esperándolo.
El chico llegaba
con sus pasos gigantes
y le agarraba una bolsa;
esa no, decía ella,
tomá esta que no es pesada.
Vamos por la calle,
decía ella y caminaban por la Centenario
hasta la Balcarce y desde allí hasta la casa.
III
Dejaban todo en la mesa
de la cocina y la mamá decía:
vaya mijo y compre fideos
en Doña Audelina;
¿de cuáles?, preguntaba él.
Entrefinos, decía ella.
Al mediodía,
el chico ya había preparado
el portafolios para ir a la
escuela,
la mesa estaba servida,
ya estaba Ramón
sentado esperando
y la mamá servía la comida:
era un guiso de fideos entrefinos
con ensalada de lechuga y tomate.
Comían los tres, hablaban,
contaban cosas y se reían.
IV
Hace pocos días,
mi mamá me invitó
a cenar a su casa
y el menú era el mismo guiso de mi niñez,
con la misma ensalada,
con el mismo color
de la vida de aquel entonces,
con el mismo sabor
del universo maravilloso
del reencuentro de la nostalgia
y la realidad,
con el mismo bienestar de la compañía,
con algunas pequeñas diferencias
de la vida que limita a los hombres
y que hacen que el número de comensales
no sea el mismo,
con igual encanto de emoción y respeto.
Ahora soy el hombre sin mate cocido,
sin gallinero,
sin cerros azules,
sin caminito y sin bolsas del mercado,
pero con el mismo guiso de fideos entrefinos
que hacen las manos de la mamá,
como ningunas otras lo harían.
Eso es la unicidad de la vida,
el determinismo del hoy;
el amor por lo que uno tuvo
y que, sobre todas las cosas,
siempre tendrá.
Julio San Martín
sábado, 18 de noviembre de 2023
Como se baila la zamba
lunes, 19 de junio de 2023
Los regalos
Los regalos
El regalo es el medio más directo
para demostrar afecto a otra persona; creo firmemente en eso; traigo ese sentir
desde mi origen porque he recibido regalos que todavía me acompañan. De aquella
época, por cuestiones propias del tiempo, no tengo los aspectos materiales de
los regalos, pero si los espíritus de ellos todavía viven en mí.
Mis padres me han regalado la
vida; mis hermanos el amor y mis abuelos, mis tías, tíos y primos, cada uno de
ellos, me han dado muchas cosas que, aún sin saberlo, me hacen celebrar la vida
cada día. Quiero hacer un homenaje,
desde estas líneas a dos regalos que recibí de mi familia.
Mi querida y nunca olvidada tía
Luisa, era la primera en llegar a mis cumpleaños; siempre me traía medias o
calzoncillos, y depositaba en ellos un afecto tan grande que esas cosas han
sido inolvidables. Pero una vez, cambió el regalo y me trajo una taza y un
plato celestes. Era tan linda esa taza que si la tuviera hoy sería muy feliz;
tenía dibujos en tonos pasteles y yo los miraba y los hacía jugar entre ellos;
así, los dibujos del plato jugaban con los de la taza y yo disfrutaba con cada
mate cocido que tomaba.
No sé dónde lo había comprado
ella, por esas cosas del protocolo, eso no se dice; imagino yo que vendrían del
Bazar del Hogar o de la Cooperativa; hoy creo verlos en la vidriera de esos
lugares tan caros a mis afectos. Hoy
todas mis tazas y platos que uso para el mate cocido son celestes con tonos
pasteles, aunque la realidad me los muestre con otros colores. Y son eso sí, del Bazar del Hogar en la
Avenida, o de la Cooperativa.
El otro regalo que hoy tengo en
mi alma es el que me trajo mi tío Ramón, cuando yo ya iba dejando la tierna
niñez para ingresar en la querida adolescencia. Mi tío Ramón vino al mediodía
de aquel caluroso veinticinco de febrero, con su sombrero y sus botines
caminantes del suelo taficeño. Me dijo, “para vos Jota”, y me entregó un pequeño
paquete, lo abrí con el entusiasmo con el que se espera el regalo y era una
máquina de afeitar.
Qué lindo regalo me hizo Ramón;
ese presente me invitó a crecer, a mirar adelante, mirarme en el espejo y a
pasar mi máquina de afeitar por mi cara. Hoy en día utilizo una máquina
parecida, con un solo filo; no quiero aquellas peligrosas de varios filos; sigo
con la primera que recibí; siento en cada mañana que sobre mi cara se desliza
el regalo de mi tío Ramón; y así él está conmigo.
Julio San Martín, 19 de junio de 2023, en Ciudad Autónoma de Buenos
Aires.
martes, 21 de febrero de 2023
Oda al Usamico
Oda al Usamico
Los que somos del Jardín,
Compartimos este
juguete sin fin.
Juego verde
de hojas y racimos
Entre tallos
y uvas, Usamico, somos amigos.
Cuando uno se
sienta en el patio
Mirando los yuyos
crecidos,
Por alguna
ramita de la parra
Llegan largas
las patas del amigo.
Si uno le
pone el dedo
Como
prolongando la hoja verde,
Se viene
caminando por la manga
Y adentro de
la camisa se pierde.
Ahí empieza
a buscar el corazón
Hasta que se
para sobre él.
Una cosquillita
raspa la piel
Bajo ese
amiguito dulce de miel.
Mi corazón
con su suave peso
Mira, late,
orgulloso e inquieto.
Usamico,
color del mate cocido
Soy uno de
los que más te han querido.
Julio San Martín
Tafí Viejo, 24 de octubre de 1996.
domingo, 19 de febrero de 2023
Tafi Bar
Mi blog se llama "La Avenida". Esta foto que tomé prestada de un gran fotógrafo taficeño que se llama Gustavo Lobo, que quiere mucho a su lugar y toma estas fotografías para mostrarlas con orgullo entre sus amigos, o a quienes, como yo, estamos lejos de nuestro pago, muestra uno de los puntos más lindos y recordados de la avenida de Tafí.
Aquí la estoy mirando como si viniera de la calle Sargento Cabral.




